como se quedaron las cosas.

Cuando llegué al hospital y la ví allí, rodeada de vías intravenosas y con muchos aparatitos que mostraban estruendos de píes, no pude sino, llorar de la emoción. ¡Por fin!, pensé. Y no me lo tomen a mal. Yo no me alegro de la muerte de nadie. Ni de la suya. Ni de ninguna tragedia de éstas. Sólo opino desde mi conciencia de padre de familia que no merece vivir aquel que subestima la vida con vicios y onomatopeyas. Su vicio fue aquel chocolate, y bien sabe Dios que puse todo mi empeño y energías en hacer que ella intentara dejarlo. Pero no lo hizo. Y allí estaba. Ahora su vida estaba en mis manos. ¿Qué se hace en esos momentos?. ¿Se llora y punto?. No hay desgracia peor que la de quien no quiere ver la  realidad. Yo la veía, por tanto, no era desgraciado. No era mi problema. Así que cerré la puerta y me fui.


pd: todavía me queda al menos un capítulo, me gusta mucho este cuentecillo.

6 comentarios:

  1. Diooooooos, y ya tampoco tengo nada más que decir despues de leer esto

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  2. o.o
    (pienso que podría haberse quedado un poco, ¿no?)

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  3. Te aseguro que un especialista en psicocrítica literaria haría un trabajo serio con este padre desaprehensivo. Cuento duro, pero bonito.
    Un canto de ballena.

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  4. (espero el final)

    pd: me gusta Lourdes.
    ¿crees que se vendría a bailar conmigo?

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  5. Supongo que él sabe lo que hace...

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