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Cuando Olga murió ahogada en el Volga en el 45, Boris se tatuó una ballena gigante en su antebrazo. Era una ballena blanca terrible, de las que dan miedo si las miras tan sólo de reojo. Boris siempre me decía que las casualidades eran así, como las ballenas, que llegaban cuando menos te lo esperas y acaban contigo sin que te de tiempo a reaccionar; cuando lo haces ya estás sumergido en aguas oscuras dentro de su mandíbula y todo te impide escapar de allí. Desde la corriente, desde los miedos humanos hasta tu propia conciencia. Si siempre has sido muy religioso, como Olga, quizá encuentres allí aquella paz lograda de la que hablaba la Biblia y te niegues a intentar huir de allí, pues dejarás que el agua se calme pero no harás nada por salir a la superficie. Te quedarás allí, intentado ser una dulce sierva del Señor. Boris siempre entendió que era una absoluta gilipollez pensar que Olga nunca supo nadar y que simplemente decidió dar un final poético y bonito a su vida, tirándose al vacío oscuro del río. Olga no era de ese tipo de mujeres, de las que lloran a moco tendido y parecen haber nacido entre una maraña de sucios pañuelos de papel a su alrededor. Olga se dejó llevar por las apariencias de un agua en calma y luego, de repente, ya en mar abierto, apareció una ballena azul vestida de petrolero cabrón y se la llevó en su boca.

6 comentarios:

  1. Realmente me he perdido con la historia de los caleidoscopios...a ver si tengo un rato y me pongo al dia con Boris y demás!:)
    muah!

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